miércoles, 27 de enero de 2010

CAPITULO II (fragmento)

LOS TRENES UNEN

EL COCHE COMEDOR….
… era de gran categoría, atendido por mozos trajeados correctamente con pantalón y zapatos negros, camisa y saco blanco y corbata moño, muy bien peinados, con una servilleta blanca doblada en el brazo plegado al cuerpo; se inclinaban cortésmente ante los comensales. ¡Cuánta sopa volcada en aquel tren que bellaqueaba como un potro! A pesar de traer el minestrón (siempre era minestrón) en una especie de soperitas, con asitas de los dos lados, con cualquier brusco movimiento la sopa se volcaba sobre el blanco mantel o en la propia ropa. Muchos desistían de la sopa y pasaban al segundo plato que por lo general era fiambre surtido con ensalada rusa (qué ricos eran los salames de Milán); después venía el plato principal, luego el postre, y finalmente el café, si así lo quería el comensal. Muy bien servido, muy bien atendido, pero para quien no estuviese acostumbrado, comer en el comedor, se transformaba en un drama, pero, era otra manera de conocer personas, saborear ricos platos, acortar el viaje y además era “chic”.

Por lo general los viajes eran agotadores, algunos tramos donde las vías estaban flojas, daba la impresión que las ruedas fueran cuadradas y si debías comer en esos momentos cuando llevabas delicadamente un trozo a la boca, el movimiento brusco te hacía ponerlo en cualquier lado o chocar el tenedor en los dientes. La verdad, comer en el comedor era una verdadera proeza hasta que te acostumbrases. Muchos viajeros preferían llevar su propia comida y comer en sus asientos, tendiendo en sus regazos delicados mantelitos bordados que contrastaban con la voracidad de muchos que disfrutaban de los manjares preparados, comiendo con velocidad asombrosa, pollos, empanadas, pasteles, matambre, naranjas, manzanas, bananas, etc., para arrojar luego las cajas vacías por las ventanillas del tren. Algunas veces se intercambiaban comidas entre los vecinos de banco y esto permitía entrar en cierta confianza y mantener conversaciones más familiares. Los niños jugaban y los mayores en algunas oportunidades sacaban un mazo de cartas para evitar el aburrimiento. Pero se debía pedir permiso al guarda que no solo controlaba los pasajes sino cuidaba de las buenas costumbres y el respeto. Si alguien intentaba desobedecer o molestar, le bajaban en la primera parada, fuese donde fuese. Por supuesto con toda esta amenaza todo el mundo se portaba bien. Si el guarda no era respetado, acudía al inspector, que siempre era gordo, de unos 50 años, trajeado de azul con adornos dorados que a lo lejos, en el tiempo, no recuerdo bien qué era.
El inspector imponía temor, cuando se abría la puerta del coche y gritaba “por favor, todos los boletos” todos se ubicaban en sus lugares y quedaban tiesos, como cuando el director de una escuela entra en el aula, eso era un rito que se hacía casi siempre cerca de estaciones importantes o cuando cambiaba el personal del tren.
El inspector miraba detenidamente los pasajes, observaba los rostros y especialmente el número de personas que viajaban porque siempre hubo avivados, más si eran familias con muchos niños; los que llegados a cierta edad pagaban medio pasaje, cosa que muchos trataban de eludir.
A continuación del coche comedor, venían los dormitorios llamados “camarotes”, cada compartimiento tenía dos o tres camas cuchetas, lo que permitía mayor comodidad y privacidad, pero ya era considerado casi un lujo utilizado por personas pudientes en viajes largos o bien para trasladar enfermos.
Finalmente, cerrando el tren, estaba el furgón de cola donde permanecía el guarda colocando en su farolito el vidrio verde si todo iba bien y el rojo si por cualquier causa era necesario parar, de manera que el maquinista debía no solo conducir, sino ir vigilante a lo que sucedía en el otro extremo del tren, actuando coordinadamente con el guarda.
Otro personaje muy importante era el encomiendero, quien debía recibir encomiendas, equipajes, etc. llevando muy bien su control, cuidando que no se perdiese nada y nadie se llevase nada que no le pertenecía.
Esto es en grandes rasgos la figura del monstruo de las vías que fue tan decisivo en las comunicaciones de la época. Lógicamente en sus comienzos, en sus primeros tramos su dimensión era mucho más reducida pero su importancia fue desde el comienzo realmente grande.

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